Invasión
(1992)

Por Miguel R. Ghezzi (LU 6ETJ)
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Aquella mañana Galíndez se levantó con una extraña sensación de alerta. No podía precisar qué, pero intuitivamente percibía que algo andaba mal, aunque no podía definirlo con claridad. Todos estos años, y su actividad, le habían dado sobradas razones para prestar atención a esa voz interior; a menudo sus presentimientos eran ciertos pero esta vez, a pesar de su esfuerzo no pudo imaginar la causa de su ansiedad.

-No ha de ser nada- se dijo recordando que en los últimos años reinaba una tranquilidad apenas alterada por alguno que otro caso de rebeldía en remotos sitios perdidos quién sabe dónde...

Desayunó un suculento plato para probar los nuevos híbridos proteínicos cultivados en las plantas hidropónicas recientemente instaladas en Santa Cruz que lo hizo sentir bien. Sabían bastante mejor que las porquerías servidas en el comedor del servicio y era un buen día para comenzar de la mejor manera. Amaneció con un hermoso sol primaveral que le recordó su más temprana infancia y evocó los tiempos en que su madre y el tío Eduardo lo llevaban a pasear por el antiguo y amado zoológico de Palermo desaparecido hace tanto tiempo.

Siempre se había sentido bien con los animales, de pequeño quedaba extasiado horas frente a las jaulas que recorrían nerviosamente tigres y leones, admirando su fuerza, sobrecogiéndose con los rugidos cargados de amenazadores tonos bajos, divirtiéndose con las piruetas y cabriolas de los monos, a los que asociaba con sus compañeros de escuela parloteando y moviéndose de un lado a otro detrás de sus tontos juegos infantiles. Si, definitivamente amaba a los animales, prefería pasar las horas con ellos antes que integrar la banda de párvulos de su barrio.

-¿Por qué tenían que sacarlo para colocar en su lugar una sucursal de Disneyworld?- pensó.

Abrió de par en par las ventanas del balcón para dejar que la luz inundara su estrecho living y observar el bullicio cotidiano de la calle antes de salir hacia la sede central de la Delegación de Informaciones del Gobierno Conjunto Latinoamericano en la que desde hacía cinco años desempeñaba las tareas de Director interino.

Mientras se afeitaba frente al espejo, descubrió nuevas arrugas surcándole el rostro. Acudió a su mente la infinitamente repetida frase: Los años no vienen solos... Miró su rostro con resignación, se encogió de hombros y se conformó pensando que igualmente la negra Clara le susurraría en el oído: -"Estuviste como nunca, Ramón..."-.

El día transcurrió como siempre. Unos cuantos legajos de nuevos aspirantes para firmar, el acostumbrado informe de las subdelegaciones con el rótulo de "Sin novedad", el aporte semanal para el asado de soja que pagaban los perdedores del partido anterior de fútbol jugado en las máquinas sicocontroladas de las salas de "Supergames"; en fin, la rutina de un día de trabajo como tantos otros.

Al regresar del almuerzo se detuvo unos segundos delante del Centro Materno-Infantil "Eva Perón", para observar con interés el desfile habitual de futuras madres, de nuevos y orgullosos padres, de bebés rosados y mujeres de grandes pechos, luego prosiguió, lentamente su camino a la oficina.

Esa noche le costó conciliar el sueño. La persistente sensación de alerta, de alarma casi, aparecía cada vez que el ensueño intentaba avanzar sobre su gastada vigilia. Sus sueños confusos y entrecortados lo acosaban con dantescas imágenes donde se conjugaban los absurdos monstruos de las películas de ciencia ficción que consumía ávidamente de chico danzando al son de ese engendro que enloquecía a la juventud y que llamaban "noisemusic", todo ello unido al griterío de sus compañeros de escuela en el recreo.

El nuevo día tan brillante como el anterior lo revivió un poco de las ignominiosas pesadillas nocturnas. Se alegró que los técnicos de control del clima hicieran tan bien su delicado trabajo. Le hubiera gustado entender el funcionamiento de aquella complicada maquinaria de plasma controladas por los neuroprocesadores bioelectrónicos que armonizaban el estado energético de la atmósfera. Había leído alguna vez en una Scientific American comprada al pasar en un kiosco de la calle Florida los principios de los generadores de plasma, y las isobaras y las isotermas y las derivadas parciales de la temperatura respecto de la presión y... entonces supo que su segundo año de la inconclusa Universidad Tecnológica, no alcanzaba para comprender tan complicadas ecuaciones. Pero, aunque las matemáticas y la filosofía nunca habían sido su fuerte, estaba orgulloso de los logros alcanzados en su carrera.

Se dirigió a su empleo y más tarde durante el almuerzo con los demás jefes de área presenció una discusión sobre el grado de seguridad logrado (en parte gracias a la laboriosa tarea de sus pares del resto del mundo, decían ellos). Gomez, el más viejo de sus colegas, afirmaba que hoy en día "no pasaba nada", recordando por enésima vez lo duro que era el oficio en sus tiempos cuando la violencia era una forma común de hacer política. Castro, responsable del área de derecho internacional, insistía en que solo se trataba de "un equilibrio precario" y que el hombre sacaría a relucir sus garras tan pronto este idilio de libertad, justicia e igualdad internacional se viera acorralado por los problemas demográficos. El "loco" Barragán insistía con su ya gastada teoría de que todo el ciclo se repetiría a escala interplanetaria cuando se estableciera contacto con otras civilizaciones.

No es que en esta oportunidad la calidad de la conversación fuera superior, ya había oído la misma cantinela muchísimas veces; después de todo era natural que el tema apareciera reiterativamente en un trabajo parecido al que en otros tiempos y circunstancias, tuvieran a cargo los servicios de inteligencia de las distintas potencias. Pero esta vez sonaba diferente, como si se hallara inmerso en una discusión trascendental. No podía explicar por qué, percibía que en esta oportunidad la conversación tenía otro significado, al menos para él. Qué era lo importante seguía esquivando a su intelecto.

Esa noche por segunda vez el sueño se negó a socorrer sus cansados ojos. Decidió pensar en el asunto. ¿Qué es lo que estaba mal, qué "no cerraba"?. ¿Por qué esa urgente sensación, de que algo grande estaba sucediendo delante de sus narices?. En estos momentos de prosperidad nacional y paz mundial ¿qué amenaza podría cernirse sobre su amado suelo?.

Salió de la cama y preparó un café para despejar sus pensamientos. Recorrió en círculos el dormitorio, una y otra vez, pensando y repensando. Ensimismado, se encontró mirando fijamente el retrato de su padre. ¡Como hubiera querido que él estuviera allí, para compartir su inquietud!. Seguro habría sabido como ayudarlo a ordenar los confusos pensamientos. Había oído decir que en su tiempo había sido un tipo reconocido en el ambiente por su especial olfato para reconocer el peligro de inmediato. Pero era inútil, su padre había muerto cuando contaba tan solo seis años y de él, solo le quedaban vagos y brumosos recuerdos.

En la mañana siguiente, revisó todos los informes recibidos en los últimos meses. Nada, no se podía extraer de allí ninguna anormalidad. Solicitó al neurocontrolador local un detalle de los movimientos políticos conocidos como enemigos del sistema. Este le informó que nada indicaba que alguno de ellos estuviera convirtiéndose en peligroso, ni siquiera saliendo de sus esquemas clásicos de oposición. Entonces ¿qué?... Su intuición no podía fallarle, ¡la llevaba en la sangre!.

Se acercó a una terminal de la red neurónica principal para chequear los coeficientes de Reiss (variación del patrón de conducta global relativa) de los últimos veinticinco años. Descubrió la primera anomalía: el desplazamiento de su media gaussiana indicaba sin lugar a dudas que estaba produciéndose una variación significativa, y no le gustó...

Pero sus conocimientos de antropología histórica estaban en alguna parte de su cerebro junto con los de matemáticas y filosofía. Comprendió que no podría analizar las ecuaciones sicoculturales de Jensen-Valitnikov asociadas al problema, pero tenía algo: en forma sutil y embozada algo o alguien estaba introduciendo en la conciencia colectiva cambios que podían percibirse estadísticamente haciendo lugar para una investigación más exhaustiva.

Otra cosa despertó sus sospechas. el controlador neurónico principal se conducía en forma diferente a la que le era familiar, no podía definirlo con precisión, pero había algo distinto en los matices de la relación sicotrónica. ¡Claro! ¡eso es!, ¿y si esas extrañas máquinas mitad vivas, mitad electrónicas, estuvieran controlando el comportamiento humano?. Evidentemente, podían hacerlo; especialmente desde que los científicos del MIT y los parasicólogos de la universidad de Duke consiguieron desarrollar la tecnología imprescindible para concretar las teorías de Skulov acerca de la amplificación del campo sicorradiante que se incorporó universalmente a las redes de procesamiento neurónico. Al establecer la comunicación mental hombre-máquina se daban las condiciones necesarias para validar su hipótesis. Se preguntó qué opinarían sus pares si les comentara sus aprehensiones; ya podía escuchar las carcajadas de Alvarez y las pontificaciones siniestras de Petrolucchi acerca de la vinculación entre la actividad sexual de los jefes de área y su relación con los temas a investigar. No, evidentemente algo así no podía ser mencionado sin correr el riesgo de pasarse el resto de su vida contando tornillos si llegaba a trascender a los altos niveles. De todas maneras su sentido del deber estaba por encima de esas mezquinas consideraciones y se propuso realizar discretas averiguaciones.

-El lunes-, se dijo, -mejor el lunes; conviene dejar que las ideas se aclaren-.

Regresó a su cuarto de la calle Bolívar caminando, como era su costumbre. Luego de tomar una ducha y prepararse un sandwich de plancton aromatizado acompañado de un abundante vaso de vino de algas y uva se dirigió al "Centro de esparcimientos para adultos", eufemismo con que se denominaba oficialmente a los sempiternos cabarets del bajo. Allí se encontraría con Clara, la bella y robusta morena Centroamericana que algún día dejaría esa vida para irse a vivir con él...

Lo que sucedió esa noche es irrelevante, baste saber que como tantas otras adelgazó su billetera e introdujo en sus arterias una abundante concentración de etílico que como de costumbre lo llevó de la euforia a la depresión y de allí a los recuerdos de otros tiempos. En la soledad de su departamento volvió a rememorar la lejana infancia, cuando sus padres vivían en San Isidro. Apenas podía resucitar algunos momentos fugaces. Su madre era una mujer de carácter, siempre estaba haciendo algo o mejor dicho, haciendo que él hiciera algo, ya fuera dibujar, acomodar su habitación o estudiar las antipáticas matemáticas. A su padre en cambio lo recordaba como un individuo bonachón, algo taciturno y eso si, bastante reservado. Todo era bueno hasta el día en que su madre le dijo que papá no volvería, que había partido a un lugar donde el buen Dios le reservaba una importante misión. Dos meses después también ella partiría, pero con el tío Eduardo (como acostumbraba a llamar al mejor amigo de su padre), dejándolo con su abuela.

Recordaba vívidamente esas noches en que despertaba llorando y preguntaba cuándo volverían sus padres. La pobre vieja trataba de consolarlo y explicarle que habían muerto pero él siempre se negó a aceptarlo.

Años después ya trabajando en la división supo que su padre había muerto en servicio y que había sido condecorado póstumamente por el propio General Videla por su heroísmo y valor al servicio de la patria (luego de que el automóvil en que viajaba fuera destruido por una traidora pero poderosa carga de Trotil instalada allí por uno de esos delincuentes subversivos...)

De su madre nunca pudo averiguar nada más como si hubiera desaparecido de la faz de la tierra. Si bien alguna vez sospechó que lo habría abandonado, jamás llegó a saberlo con certeza... Esa noche durmió como tantas otras atado a los recuerdos y a la botella del consuelo.

El Lunes, partió temprano a la oficina. Inmediatamente se puso al habla con el departamento técnico del área para consultarlos respecto de las anomalías que había encontrado en la red la semana anterior.

-¿Y qué es lo que nota diferente Galíndez?- inquirió el técnico.

-No sabría explicarle, es como si la máquina no respondiera a las órdenes que le imparto... Como si actuara por su cuenta ¿me explico?-

-Perdone la pregunta Señor pero ¿Tiene algún problema... Hum... digamos, de naturaleza sicológica últimamente?.-

-¡Qué me quiere decir!, ¿acaso piensa que estoy loco?. ¿Se olvida que cuando ustedd no había nacido yo ya utilizaba las máquinas de control manual?-

-No, señor, déjeme que le explique. Cómo voy a pensar que esta loco, por favor, ¡faltaba más!; me refiero a si tal vez anda con algún problema que lo tenga confuso o algo disperso ¿vió?-

-Bueno, a decir verdad...-

-Claro, ¡eso es!-

-¿Cómo...?-

-Verá, desde hace un mes tenemos instalados nuevos circuitos en la red; como usted sabe siempre hay que esperar algunos ajustes que vendrán con las nuevas revisiones y...-

-A qué clase de circuitos se refiere, explíqueme.-

-En eso estaba. Los nuevos circuitos son mucho más veloces operativamente que los anteriores. Recuerde que antes debía pensar claramente en las órdenes para que fueran interpretadas, de lo contrario obtenía la clásica respuesta: "Por favor explíquemelo mejor". Ahora el sistema va más allá y puede captar su intención, inclusive antes que la formule conscientemente...-

-¡Me está queriendo decir que ahora la puta máquina me lee los pensamientos...!-

-Bueno, señor. ¿Usted. que cree que hacía antes?. Es evidente que desde que se desarrollaron los sicoreceptores han estado haciendo eso todo el tiempo, claro que en forma muy limitada y solo los que usted emitía a partir del entrenamiento Psi que recibió.-

-¿Y ahora...?-

-Ahora no es necesario ningún tipo de entrenamiento; basta con tener una idea más o menos clara de lo que se desea obtener y si está dentro de las capacidades del sistema la máquina... Ehhh, digamos que lo adivina y actúa en consecuencia ¿me entiende?. Por eso le pregunté si andaba con algún problema, porque si sus intenciones son confusas, se halla ansioso o angustiado, el neuroprocesador es incapaz de captarlas correctamente y opera en forma ligeramente errática. Evidentemente habrá que pulir las rutinas de error. Permítame sugerirle que ordene a la máquina operar en el modo acostumbrado así los nuevos sensores emularán a los viejos y listo. ¿Qué le parece...?-

-Comprendo, bueno gracias y disculpe si me calenté con su observación de entrada... -

-Esta bien señor. No es el primer caso. Hasta yo creo que uno de estos días me voy a volver loco con todos estos inventos. A veces creo que un día de estos...-

-Bien, déjelo así...- y cortó la comunicación.

Comenzó a revisar la información obtenida hasta ese momento, una y otra vez cuanto más leía más se convencía de sus sospechas: Parecía como si delicadamente y en forma casi imperceptible algo o alguien estuviera introduciendo taimadamente sutiles modificaciones en la conducta de la humanidad.

Si no eran las máquinas y descartando absolutamente la posibilidad de agentes ideológicos (dado que todas las corrientes políticas se hallaban perfectamente parametrizadas en las bases de prospectiva y se consideraban no solo inofensivas sino saludables por lo general ¿qué podría ser?. Se le ocurrió otra alternativa:

-¿Y si algún tipo de inteligencia externa estuviera efectuando manipulaciones sobre las mentes?.-

Pero no, era inverosímil, los monitores de actividad cerebral detectarían inmediatamente un cambio no prospectivo en los chequeos de salud anuales y además estaba absolutamente demostrado que la actividad intelectual y emocional quedaba establecida genéticamente desde el momento de la concepción desarrollándose inexorablemente a partir de allí según la interacción cultural que le tocara en suerte a cada individuo en particular.

Estaba cavilando sobre la cuestión tan absorto que cuando Andrada le explotó la bolsa de plástico detrás de su silla dió un salto que casi lo hace caer de la silla. ¡Ya estaba harto de los bromazos de los compañeros que pasaban el día despreocupados sin que les interesara otra cosa más que improvisar batukadas con los utensilios del escritorio!.

-Andrada, ¿no te parece que sos bastante grandecito para andar haciendo estas boludeces.-

-Disculpá, Galíndez, pero estabas ahí tan distraído que no pude resistir la tentación...-

-Escuchame Andrada, ¿vos no me dijiste una vez que tu familia era vieja amiga de la de los Bogo?. Quisiera que me presentes a uno de ellos en especial.-

-¡Me le muero!, ¿para que querrías conocer vos a esa gente?-

-Es que necesito obtener unos datos ¿sabés?; y si vos pudieras hacerme el contacto... Nada oficial, por supuesto.-

-Dejá nomás que ya te lo llamo. ¡Atento 5EDP, ¿estás por ahí...?-

Como Andrada hablaba solo, le preguntó:

-Andrada, ¿que te pasa?.-

-¡Pará un cachito!. Si Willy, me copiás, aquí el BOGUS.-

- ... -

-Ok. Te molestaba porque un amigo necesita unos datos, ¿tendrás un rato?-

- ... -

-¡Por supuesto!, ya sé que a la noche. Ok, se llama Galíndez y le paso tu QTH...-

- ... -

-¡Errre señor!. Saludos al abuelo, hasta lueeego...-

- ... -

-Ningún problema Galíndez, te espera esta noche a eso de la una. Ya sé, no entendés nada, pero Galíndez ¿en qué mundo vivís?, ¿no conocés los equipos de comunicaciones Psi que sacaron los japos; yo me hice implantar uno la semana pasada. Claro que a los que no tienen licencia no se los venden pero nosotros en la división no necesitamos ninguna licencia, ¡a propósito! me pasaron un...-

-Está bien, Andrada, gracias por la gauchada, pero ando un poco apurado, ¿no te enojás si...?

-Ok, señor (¿que le pasa a este zapato?) nos vemos mañana y me cuenta cómo le fue...-

Esa noche se encaminó hacia Ramos Mejía para ver al Bogo amigo de Andrada con la intención de consultar sus bases de datos. Los Bogo constituían una casta legendaria que disponían de todos los medios informáticos, desde los viejos días de los computadores personales; si había que desenterrar algún dato perdido entre las telarañas del tiempo seguro que el lugar más propicio era en la vieja residencia de los Bogo en Ramos. Allí podía encontrarse desde una vieja Radio Shack modelo I hasta la más moderna interfaz neuronal.

Acudió ansiosamente con la esperanza de que la respuesta a su inquietud apareciera como por arte de magia. Cuando le comentó a William Bogo IV la clase de información que estaba tratando de hallar, de la habitación contigua se dejaron oír los pasos cansinos de alguien que se acercaba penosamente. Cuando lo vió no lo pudo creer. ¡El viejo Bogo, en persona!. Se rumoreaba que había muerto años atrás, pero allí estaba, perfectamente reconocible detrás del telón de arrugas que surcaban su rostro -Dios mío- se dijo, -este hombre debe haber superado los cien hace rato.-

El embarazo que le provocó la vista de aquel venerable anciano le impidió darse cuenta que el viejo, lejos de interesarse personalmente por sus investigaciones se dirigía hacia él con la intención de propinarle un bastonazo en plena cabeza y de no ser por el auxilio del bisnieto que sabía lo irascible que se ponía su bisabuelo ante lo que consideraba una imbecilidad hubiera alcanzado su objetivo.

No tuvo más remedio que abandonar la idea. -Estos hijos de puta sabelotodo, no entienden nada- pensaba mientras desandaba sus pasos tratando de imaginar qué hubiera hecho su padre en un caso como este.

Estaba abrumado ante la sordidez de la situación, el siempre había sido un hombre de acción, poco dado a las divagaciones intelectuales de esos maricas de biblioteca que se les fruncía el culo con solo ver una M-190 aunque estuviera descargada de energía...

- Es necesario pensar Galíndez, ¿Cómo podría infiltrarse una inteligencia extraña que embozadamente quisiera tomar el planeta sin denotar su actividad?-

La idea irrumpió en su mente con la fuerza de un huracán y lo hizo tambalear.

-¡No...! Sería monstruoso, no puede ser posible!

Un odio feroz, inaudito, se apoderó de todo su ser. Sintió que su cerebro estallaba de angustia e impotencia.

Pudo sentarse en el cordón de la vereda. Las piernas se negaban impenitentemente a sostenerlo. Deseaba llorar, inundar el pavimento con lágrimas que pudieran descargar el inmenso peso que la tormentosa y diabólica luz había volcado sobre sus espaldas...

-¿Que debo hacer, Dios santo...?. ¿Será posible?

Mientras apretaba su rostro con las manos ante la desesperación que le produjo ese destello de intuición solo atinaba a balbucear frases incoherentes.

Se levantó temblando y enfiló a la taberna más cercana para emborracharse como una cuba. Bebió de una manera tan desaforada que perdió absolutamente el control de sus actos. Cuando despertó no recordaba absolutamente nada. Un intolerable dolor de cabeza unido a una náusea espantosa le impedían todo movimiento. Vomitó un líquido agrio que llenó su boca de un amargo sabor. Unas sombras oscuras se acercaron levantándolo en vilo del jergón en que se hallaba.

Percibió un chillido en sus oídos, que al fin pudo reconocer como una voz...

- Estos borrachos de mierda me tienen podrido, ¿es que a los del de sanidad se les acabó la Selomina, que siguen apareciendo? -

Quiso gritar que se callaran, pero no pudo. Su lengua se hallaba seca e hinchada. Sintió un leve pinchazo en el brazo y al cabo de algunos minutos pudo reconocer el lugar: se hallaba en una seccional de policía y las voces pertenecían a los guardias del lugar.

- ¿Donde estoy?-, preguntó contradictoriamente...

-Estás en la maternidad, hijo mío-

-Acabas de dar a luz un hermoso bebé y yo soy la enfermera de guardia ¡pelotudo...!- dijo el guardia soltando una risotada...

- ¡Déjenme salir, carajo!, ¿es que no saben quién soy?-

- ¿Que si sabemos...? ¡ja ja! ¡decile Gonzalez, contále cómo lo encontramos anteanoche al marica este...!-

- Dejálo, vos sabes que estos tipos no se acuerdan de nada después de la esbornia...-

-Tenés razón-

-Mira salame, anoche te encontramos en bolas en el muelle viejo gritando huevadas acerca de los platos voladores que traen los bebés-

-¡Si será boludo!, ¿no te avivaron que a los bebés los trae la cigüeña?- dijo el agente mientras reía estrepitosamente.

Súbitamente recordó. Hubiera preferido que fuera una pesadilla producida por la borrachera y no a la inversa.

-¡¡¡Silencio, agentes!!!- gritó.

Su voz cargada de autoridad hizo titubear a los policías. Sabían reconocer el tono de quien poseía algún poder...

-¡Lléveme ante el oficial de guardia inmediatamente cabo!- volvió a gritar.

Cuando estuvo ante el oficial concentró su mente e inmediatamente se hizo visible una identificación en el dorso de su mano que aquél reconoció inmediatamente.

-¡Se... señor!. Usted. disculpe, pero no teníamos manera de saberlo, no llevaba ropas cuando lo encontramos y tenía una cur... ¡perdón! estaba tan alcoholizado que solo murmuraba incoherencias...-

-Esta bien inspector, comprendo. Consígame unas ropas decentes y un baño donde pegarme una ducha y de esto ¡ni una palabra a nadie!. Adviértaselo a su gente, o mejor, dígales que soy un pariente de su mujer y que si se entera después le va a hacer la vida imposible, ¿entendió?-

-Si señor. ¡quédese tranquilo, déjelo en mis manos!. ¡Menéndez...!, tráigale al señor uno de mis trajes de salida y acompáñelo al sanitario de oficiales. ¡Ah! y tráigamelos a esos imbéciles de Lospinato y Gonzalez, que tengo que hablarles...-

Cuando dejó la comisaría de Barracas se encontraba perfectamente gracias a las píldoras de Selomina y a la ducha.

Caminó por la costanera nueva tratando de encontrarle un sentido a lo que le estaba pasando, reflexionó: -es necesario estudiar más la cosa, aunque las piezas encajen es demasiado siniestro para ser verdad-

Durante la semana leyó todo lo que pudo hallar sobre el tema, y el mes siguiente entrevistó a docenas de personas que aún vivían y contaban con más de noventa años para asegurarse de no alertar a algún zombie. Trabajó horas enteras durmiendo poco y nada. Pero al fin todo quedaba claro...:

En efecto, comparando todos las referencias se podía verificar un cambio constante, persistente e ininterrumpido en la conducta de todos los habitantes del planeta. Esos cambios evidentemente tendían a descomponer el cuerpo social de la humanidad; ¡no en vano, los más viejos inconscientemente con su experiencia se quejaban de no saber adónde iría a parar el mundo si no se hacía algo...

¡El enemigo lo sabía!; sabía que el ser humano sería una especie difícil y hasta imposible de dominar a menos que pudieran subvertir todos los valores; ¡tenían que destruir la esencia espiritual de la raza para apoderarse de la tierra y esclavizar a sus habitantes!

Por eso comenzaron a destruir pacientemente las bases de la sociedad: la Familia, la Religión, las Instituciones...

Poco a poco fueron desnaturalizando las milenarias tradiciones y las reemplazaron por satánicos remedos de cultura... ¿Cómo?: de la forma más aborrecible e inmunda que ser alguno hubiera jamás concebido...

Los alienígenas debían poseer un conocimiento extraordinario de nuestro mundo. Seguramente habrían comenzado por infiltrar agentes que pudieran hacerse de poder y dinero introduciendo pequeños inventos o algo así a lo largo de decenios. De esa manera habrían llegado a conocer a fondo no solo la tecnología sino también las costumbres de los terráqueos. Con eso obtuvieron una información vital: ¡no sería posible conquistar la Tierra sin antes destruir su cultura...!

Resultaba obvio que a una potencia interplanetaria no podía resultarle sencillo invadir militarmente un mundo, teniendo en cuenta las enormes distancias que separan las estrellas y el inmenso gasto de energía que ello supondría tal empresa carecería de sentido. Además, aunque contaran con armas capaces de destruirlos. ¿de qué les serviría un mundo desolado y sin vida?. Si quisieran eso allí estaban Marte, Venus o inclusive, los satélites de los planetas exteriores.

Afortunadamente las cosas se les deben haber puesto difíciles con el advenimiento de la inteligencia artificial, la etología comparada, la sicotrónica y todo el arcoiris de ciencia y tecnología que hizo imposible la manipulación de las mentes. Bueno, no exactamente imposible. Las mentes se podían manosear de docenas de maneras distintas. La cuestión era cómo hacerlo sin ser detectados.

Se imponía trazar un plan de acción; ¡era imprescindible detenerlos antes de que fuera demasiado tarde!. Pedir ayuda: ¿Pero a quién?. ¿Quién podría entender algo tan ruin y descabellado?. Además, ¿cómo darse cuenta quién era un zombie controlado y quién un verdadero humano?. Obviamente los sucios zombies no delatarían su condición; por el contrario lo denunciarían a él y en menos que canta un gallo sería "boleta"...

¡Demasiado bien sabía que estaba solo!

Esa misma tarde comenzó a urdir el plan que los arrancaría de raíz de la faz de la Tierra...

Le llevó casi seis meses reunir los componentes necesarios para enfrentar la amenaza. En principio tuvo que hacerlo en sus horas libres para aventar cualquier tipo de sospechas. Se angustiaba pensando que cada hora que pasaba significaba la introducción de más y más zombies en el planeta. Decidió que no podía darse el lujo de perder ni un minuto más y solicitó una licencia extraordinaria que no le denegarían, máxime teniendo en cuenta que sería sin goce de sueldo y que la delegación se desmantelaría por considerársela anacrónica (los malditos idiotas del gobierno central...).

Al material lo fue trasladando de poco para no levantar sospechas hasta los sótanos del edificio. Allí lo montó esmeradamente, casi con devoción, según las detalladas instrucciones de los amarillentos manuales (documentos confidenciales altamente clasificados y secretos).

-Les voy a pegar un golpe que nunca olvidarán- Se dijo.

-Cada vez que lo intenten sabrán que hay muchos Galíndez en la tierra ¡qué joder!- mascullaba mientras unía cuidadosamente los cables del sistema.

-El problema es como vamos a limpiar el planeta de todos los zombies de mierda que queden. Tendré que hablar con los muchachos de la división sociológica para que me den una mano con el asunto. Seguramente la gente no entienda de entrada que no son sus parientes y amigos, sino basuras que si tuvieran la más mínima oportunidad los sojuzgarían sin piedad-

-Algunos inocentes caerán sin duda, pero el Señor sabe de mis intenciones...-

Dos semanas después el trabajo principal había sido terminado. Todo estaba listo para la contraofensiva.

En la mañana del día señalado para la operación "limpieza" (como la había denominado) mientras pasaba delante de la entrada del materno-infantil no pudo evitar una profunda emoción que atenazó su garganta al ver las sonrosadas y orgullosas señoras antecedidas las unas por grandes panzas y por pequeños bollitos lloricones de lana blanca, celeste o rosa, las otras...

-Padre- decíase mientras iba a cumplir con su destino.
-Sé que tu espíritu me acompañará para darme valor en esta empresa. ¡Por favor no me abandones!. Ayúdame para que todas las madres del mundo puedan soñar tranquilas con el futuro de sus hijos. Pronto sabrán que el tuyo supo cumplir con su deber... ¡Las futuras generaciones, no tendrán motivos de temor!-

Las lágrimas empañaban sus ojos mientras efectuaba las conexiones definitivas...

Mientras empujaba la manivela acompañado por el sonido de los lejanos llantos de las vidas nuevas, rezaba una pequeña plegaria:

-"Dios te salve María, llena eres de Gracia..."

....

Noticia extractada del New York Times.

Buenos Aires. (UPI). Enorme conmoción produjo el atentado dinamitero que destrozara el centro Materno infantil más importante de Sudamérica. No se conoce aún el número de víctimas pero los expertos las estiman en varios millares entre mujeres, niños y personal del Centro.

Las autoridades locales han desplegado un importante operativo para averiguar quién, o quienes, puedan haber tenido acceso a los depósitos de antiguos explosivos químicos.
Se estima que las tareas de remoción de escombros durarán varios días y el estado de Nueva York enviaría ayuda inmediata en equipamiento técnico especializado, para salvar la mayor cantidad de vidas posible.

La comunidad internacional se halla profundamente consternada ante un hecho de violencia sin precedentes, no solamente por no registrarse atentados de este tipo en los últimos treinta años, sino por los destinatarios del mismo.

Han arribado a nuestra redacción informes que señalarían como presunto autor material del hecho a un individuo perteneciente a los servicios secretos. Este, mediante una nota enviada al diario "La Prensa" de Buenos Aires, se habría manifestado autor del hecho aduciendo una delirante invasión extraterrestre. Según nuestro corresponsal que tuvo acceso a la nota, en ella se indicaba que tal invasión consistía en la sustitución sistemática en los úteros maternos y en las salas de fecundación in vitro, de los fetos en desarrollo.

Si bien el sujeto, de nombre Ramón Galíndez, habría sido detenido preventivamente por la policía local se duda de sus declaraciones dada la irracionalidad y extravío de las mismas. El denominado "secreto de sumario", que aún se practica en Argentina, hace imposible obtener más precisiones por parte de las autoridades...


Nota del autor:

Siempre que escribo algún cuento coloco al final una breve idea de lo que el mismo trata de trasmitir, no por subestimar la capacidad del lector, sino más bien para que no sobrestime la mía; luego de tantas conjeturas con otros cuentos tan malos como este, es mejor no dejar dudas...

Galíndez no es un personaje de la vida real, más bien es un arquetipo. ¡Vaya a saber cuántos Galíndez andan sueltos por ahí...! y cuántos nos han hecho padecer a nosotros los comunes y corrientes mortales. Personajes que abundan en todos los defectos que ponen en peligro la vida y la tranquilidad del planeta por su mentalidad paranoide, sus mecanismos sicológicos proyectivos, sus dobles pensamientos; temática bien expuesta por Erich Fromm en su libro "¿Podrá sobrevivir el hombre?" (Editado en España por PAIDOS STUDIO, 1980).

Galíndez no es un "hombre malo", tampoco un "monstruo", sus fines son, sin duda, salvar a la humanidad de una amenaza que él percibe como que se cierne sobre ella. Galindez "advierte" la "subversión de los valores", presiente quiénes son los responsables y actúa en consecuencia. Solo se equivoca en el origen de la "invasión", Acierta en parte, porque los invasores somos nosotros al nacer. Todas las nuevas vidas invaden al viejo mundo y lo hacen cambiar, evolucionar, ¡revolucionar!...

A veces los desequilibrios mentales de los Galíndez trascienden la esfera de lo individual y se transforman en artífices de la historia: Sus apellidos pueden ser Hitler o Stalin, Hussein o Camps, Fernández o Smith, no importa el nombre, lo que importa es comprender bien cómo la vida produce un Galíndez para ayudarlo... ¡Antes que él, nos "ayude" a nosotros...!

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