Rubén Mileca es una de esas personas que casi todo lo que acomete resulta bueno (excelente a veces), es radioaficionado, aunque no muy activo (LU 1EHQ) y experto en computación. Como tantos otros argentinos cuya creatividad se ahoga en el anonimato que imponen esos ojos que siempre miran hacia afuera de nuestras fronteras, su chispa e inteligencia nos son desconocidas. Como programador es de los mejores y sus trabajos nada tienen que envidiar a lo mejor que viene de afuera, como escritor aficionado el juicio lo darán Uds... Espero lo disfruten.

Miguel R. Ghezzi    


LA CASA
(1.992)

Por Rubén H. Mileca
 

   Con un imperceptible movimiento que delataba la perfección de sus mecanismos, la Casa giró una fracción de grado para ubicar la ventana principal que daba a su frente, hacia el pálido sol rojizo que despuntaba en el rocoso horizonte. La temperatura interior fue gradualmente incrementada, mientras que en la cocina automática un suave ronrroneo mecánico anunciaba la iniciación de su actividad.

   Jon abrió los ojos como alertado por esa casi imperceptible actividad, preguntándose, como todos los días, cómo era capaz de despertarse siempre a la misma hora cuando jamás en su vida fue capaz de hacerlo por si mismo. Una incógnita mas sumada a las miles de preguntas que no tenían respuesta. No sentía la pereza habitual mañanera que recordaba en sus lejanos días en la Tierra, cuando en la Academia Aeronáutica, en sus días de Alférez, era obligado a despertarse al despuntar el sol.

   Los recuerdos de la Suecia natal siempre llegaban a esa hora, como un murmullo tranquilizante, y tal vez hubiese enloquecido de no haber contado con ellos. Pero no eran verdaderos deseos de retornar a ese lugar, sino como una dulce nostalgia de tiempos pasados que sabía que nunca iban a retornar.

   Se desperezó lentamente, estirando sus miembros bajo el cálido abrigo de las suaves sábanas. Como era su costumbre, la Casa le regaló una dulce melodía que, a pesar de los esfuerzos que Jon hacía, nunca pudo recordar dónde la había escuchado antes.

   Sobre la mesa de luz, a su derecha, estaba uno de los libros que la noche anterior había retirado de la pequeña biblioteca de la Casa. Nunca le había gustado mucho la lectura, pero ahora, en las incontables horas de su soledad, hubiese sido de una ayuda fundamental. Lamentablemente, todos los libros que encontró en la biblioteca (que no eran muchos) ya los había leído en algún momento de su vida.

   Encontró un vaso de agua al lado del libro, dudando realmente de que hubiese sido él quien lo puso ahí. No le importó demasiado, ya que tenía sed.

   ¿Porqué esa desidia? Nunca había sido un gran científico, pero recordaba‚ pocas en que su curiosidad no tenía límites, y que había sido echado del laboratorio escolar con demasiada frecuencia, debido a sus molestas preguntas. Pero ahora tomaba las cosas con demasiada conformidad, sin preguntarse el porqué.

    Hoy tenía una tarea que se había propuesto. Iba a ir a la nave (o lo que quedaba de ella) para tratar de rescatar los restos del panel principal de comunicaciones en donde se encontraba el hiper-transmisor. Jamás supo nada de electrónica, ya que su tarea asignada en la nave era la de exobiólogo, pero sentía una leve curiosidad por tener noticias de los suyos.
   No le gustaba ir a la nave. Aun los restos de sus cuatro compañeros estaban diseminados y entremezclados con los metales retorcidos. Demasiados malos recuerdos.

El desayuno llegó zumbando por la abertura lateral a la cómoda cama. Tomó la bandeja y observó su contenido: Omelette de jamón y queso, un potecillo con caviar, manteca, pan fresco y crujiente y café negro amargo. Maldijo en voz alta. ¿Es que en la maldita despensa no había otra cosa? Recordaba cuan vivamente había deseado estas cosas durante el monótono viaje, bromeando con sus compañeros acerca de la insípida comida de abordo. Pero esto era demasiado. Cuatro años y algo mas de tres meses comiendo lo mismo ya le habían hecho perder el apetito.
   Dejó la bandeja en el piso y se sentó en el borde de la cama dispuesto a comenzar el día. Seguramente el baño estaría preparado a 32.5 grados (en un principio se había tomado la molestia de medir su temperatura diariamente) como era habitual.
   Luego del baño, se vistió con su uniforme de trabajo que encontró fresco y limpio en el lugar acostumbrado. Miró la pistola láser que estaba sobre la cómoda del dormitorio. En un principio jamás salía desarmado al exterior, pero los años pasados en el lugar le daban la casi absoluta certeza de que estaba totalmente solo. Tomó la pistola. Debía alejarse demasiado esta vez.

La puerta se abrió ante él mostrando el árido y seco exterior. A poco más de dos kilómetros al frente en el cuál se hallaba la Casa en ese momento, se alzaban unas colinas bajas compuestas de piedra caliza. A su izquierda, hacia lo que Jon denominaba el Norte, se extendía una llanura sembrada de pequeños montículos de piedras.
   Nunca había viajado en esa dirección. La desolación del paisaje Norte no le resultaba atractiva, aunque su experiencia en el lugar le decía que no iba a correr ningún peligro si se decidía por esa dirección.
   Hacia la derecha, el Sur, el terreno se cortaba en profundas grietas imposible de cruzar directamente, y solo desviándose al Oeste podían ser eludidas. Ya lo había hecho anteriormente, pero con idéntico resultado. Ni una miserable brizna vegetal, ni un maldito insecto poblaban ese mundo árido y desierto. Ni una gota de agua había encontrado en sus largas caminatas. Solo piedras secas y polvorientas, arena rojiza y pequeños cráteres a lo largo y ancho de ese podrido planeta.
   Jon miró la cantimplora con agua que colgaba del cinturón. Suficiente para la distancia a recorrer. Tomó dirección Este rodeando la Casa. La temperatura era de 26 grados aproximadamente, y se mantuvo casi igual en el lapso que llevaba en el lugar.
   Dedujo, con sus escasos conocimientos de astronomía, que la eclíptica del planeta era casi cero. El aire era fresco y seco, aunque los instrumentos de la nave, antes del desastre, indicaban una proporción de Oxígeno solo del uno por ciento, mezclado con Metano y dióxido de Carbono. No sabía porqué‚ estaba vivo, aunque tampoco le importaba demasiado.

   Mientras caminaba hacia unas lomas rocosas que se elevaban a cinco o seis kilómetros de la Casa, trató de recordar los momentos previos al desafortunado aterrizaje. Algo había fallado.
   Posiblemente uno de las toberas verticales se había atascado inclinando la nave en su momento mas crítico. Un estúpido defecto que lo transformó en un Robinson Crusoe, aunque sin las ventajas del lugar paradisíaco en que residiera el original. Luego del choque, la mente de Jon estaba en blanco. Solo recordaba vagamente estar tendido sobre la arena rojiza, arrastrándose, tratando instintivamente de alejarse de la nave. Tal vez su traje de supervivencia lo hubiera salvado, aunque nunca supo cómo se había arrastrado esa distancia hasta llegar a la Casa. Después solo estaba la Casa, limpia, eficiente, acogedora...
   Muchas veces quiso abrir los paneles que suponía daban al sótano de la Casa, a través de los cuales se escuchaba un suave y mecánico zumbido. Había probado con la pistola láser agotando varias cargas, pero todo había resultado inútil. Sólo era un arma defensiva y de corta duración, y el calor, aunque elevado, sólo duraba unas fracciones de segundo, insuficientes para fundir la sólida aleación de la Casa.

   Había tantas preguntas. El Oxígeno que respiraba parecía acompañarlo en forma de burbuja a su alrededor, ya que el equipo indicador rescatado de la nave marcaba casi cero cuando se alejaba de él unos pocos metros. Demasiadas preguntas sin respuesta. Pero estaba vivo, y eso era ahora la único importante.
   Casi sin darse cuenta llegó al borde de las lomas rocosas tras las cuales estaban los restos de la nave y de sus compañeros de viaje.
   Subió lentamente tomándose de las rocas mas sólidas, aunque estaba casi seguro que si se dejaba caer nada le hubiese pasado. Siempre tuvo esa sospecha, aunque nunca fue lo suficientemente valiente como para comprobarlo.
   La manga derecha de su uniforme se desgarró con el borde filoso de una roca. Jon miró el desgarrón. Ni una gota de sangre, ni una raspadura sobre su piel. Recordó que en su larga estadía jamás estuvo enfermo. Una vez tuvo la intención de provocarse un corte voluntario para ver si todavía era capaz de sangrar, pero le idea no prosperó en su mente. El uniforme no importaba, ya que la Casa le proveería de otro.
   Llegó a lo alto de la loma y miró los restos de la nave diseminados en un radio de unos trescientos metros. El cuerpo principal se hallaba casi intacto a pesar del fuerte impacto contra el rocoso suelo. Avanzó la distancia que lo separaba del cuerpo principal descendiendo sin demasiadas precauciones.
   No se molestó en abrir la puerta de la nave, que seguramente debía estar trabada por la deformación del choque, sino que entró por el boquete frontal por el cual seguramente había sido expulsado salvando su vida. Adentro, los restos de los instrumentos se hallaban diseminados por el piso. Restos de bandejas con comida ya inidentificable, restos de sus compañeros.

   El traje protector de Keena, conteniendo lo que quedaba de ella, se hallaba próximo al boquete, cerca de la consola de radio. Keena, bulliciosa y alegre. Jon no sintió ninguna angustia, a pesar de que habían llegado a ser excelentes amigos (y amantes en algunas ocasiones). Ahora se dio cuenta de que jamás, en esos cuatro años, había sentido pena ni sufrimientos ante la desaparición de sus compañeros, como si su mente rechazara las cosas molestas y dolorosas. No era racional, y Jon lo sabía.

   Se aproximó al panel de radio y observó que los daños eran mínimos, aunque la complejidad del instrumental hizo sentir que la tarea que se había encomendado era en vano. Anteriormente ya había retirado algunas cosas útiles de la nave, como el medidor de Oxígeno y el analizador biológico, pero siempre fueron cosas independientes, sueltas. No sabía si existían en la nave herramientas propicias para retirar el panel de radio, asi que comenzó por buscar el depósito que se encontraba en el fondo de la nave, justo antepuesto al sector de los motores iónicos. Caminó hacia el fondo esquivando los restos de equipo tirados en el estrecho corredor. Se detuvo frente a la puerta entreabierta del depósito de herramientas, que iban a ser necesarias para la investigación planetaria a la cual se abocara la misión. Abrió la puerta.
    Estaba ante él, tirada en el piso. Brillante, autosuficiente. No requería casi mantenimiento, ya que su minúscula pila atómica le otorgaba energía casi interminable. Al verla, Jon sintió que la misión que lo habóa traído a la nave tomaba otro sentido. Dentro de si la idea comenzó a tomar forma. Fue como si una cascada de recuerdos se hubiese desatado en su interior. Dolor, asfixia, tiempo. Recuerdos inconexos danzaban en su mente. Y el dolor...

   Era pesada, pero ya no importaba el sacrificio. Salió de la nave con su carga. Debería rodear la loma, ya que no se creía capaz de subirla con semejante peso. Casi corrió. Los recuerdos afloraban en forma desordenada en una catarsis de imágenes casi sin sentido.
   A pesar del esfuerzo no sintió calor, no se agitaba, los músculos no le dolían en absoluto, y ya sospechaba el porqué. Con una sonrisa en sus labios, Jon sintió que la herramienta era cada vez más liviana y que su paso era cada vez más veloz.

   Llegó a la Casa. La puerta se abrió ante su deseo y Jon sonrió ante lo que sospechaba. Se dirigió al dormitorio, al ángulo formado por dos paredes en el cual el ruido interno era más fuerte, y removió la alfombra dejando al descubierto el brillante metal del piso.
   La perforadora atómica comenzó su tarea. Un brillante chorro de plasma comenzó a derretir el metal del piso como si fuese manteca. Poco a poco, un orificio del tamaño de su cuerpo fue abriéndose hacia la oscuridad interior, hacia su terrible destino. Jon no esperó a que los bordes incandescentes del orificio se enfriaran; se tomó de ellos sin sentir la más mínima molestia y se introdujo en el interior del sótano de la Casa.
   Había una oscuridad total, pero ante su deseo, el interior se iluminó. Se encontraba en un recinto del tamaño aproximado de la Casa, cruzado por paneles y columnas opacos. Jon calculó que tendría unos dos metros y medio de altura, veinte metros de largo y unos seis o siete de ancho. Se aproximó a una de las columnas opacas, que cruzaba la habitación a lo alto. Al alumbrarla con su linterna, vio que en realidad era de un cristal color humo, y en su interior bullía un líquido de aspecto pegajoso. Síntesis de proteínas, sospechó Jon.
   Pero no era lo que había venido a buscar. Lo encontró a su izquierda, casi escondido detrás de otra red de columnas y paneles. Un leve resplandor lo delataba. Jon caminó hacia el lugar con la certeza de que no se equivocaba. Ante él se elevaba una columna rectangular de setenta centímetros por lado, pero esta no llegaba al techo como las demás. Estaba subida a un pedestal negro y opaco ligeramente más ancho que la columna.

   Jon subió la vista del pedestal hacia la columna. Era de un cristal iridiscente, totalmente translúcido y algo tornasolado. En su interior, lleno de un líquido también transparente, Jon encontró todas las respuestas. Ante él, en el interior de la columna, había un cuerpo desnudo. Miles de contactos que en forma de diminutos alambres salían de las zonas vitales del cuerpo. La zona de la cabeza, más precisamente del cráneo, era la que más contactos tenía. Todos ellos terminaban en la superficie del cristal sin otra aparente función.
   El cuerpo estaba lacerado por innumerables heridas. Incluso, Jon pudo identificar parte del uniforme adherido al muslo izquierdo por una terrible quemadura. Faltaban dos dedos de la mano derecha y la totalidad del pie izquierdo. Pero eso no contaba. Jon miraba fascinado el rostro del hombre. Ahora lo comprendía todo.

   La inutilidad del esfuerzo de estos cuatro años en intentar comunicarse con los suyos, de investigar lo no investigable, de conocer lo imposible. Tal vez la Casa sabía que esta era la única forma de mantener su cordura y le proporcionó la herramienta adecuada para su propósito. Ahora ya no había mas dudas. Jon subió a la Casa por el boquete abierto. Estaba en su dormitorio, ya convenientemente ordenado. Ahora comprendía su destino y no lo lamentaba. Hubiera podido ser peor.

Vio el libro que estaba a medio leer sobre la mesita de luz y sonrió. Cerró los ojos por un momento y concentró sus pensamientos. Al dirigirse a la cocina, echó una mirada al sector donde estaba la pequeña biblioteca. Debía haber como veinte volúmenes más. En la cocina lo esperaba el almuerzo de siempre,  que devoró con un hambre desacostumbrada. Debería -pensó- mejorar el gusto y la variedad de las comidas, para empezar, tal vez luego se me ocurra alguna otra cosa, una mujer tal vez -¿porqué no?-

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