La Mutación
(1.993)

Por Miguel R. Ghezzi (LU 6ETJ)
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SOLVEGJ Comunicaciones
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Los primeros casos documentados, datan de fines del siglo pasado, pero es altamente probable que la naturaleza haya intentado más de una vez esa adaptación a lo largo de la filogenia humana. El asunto comenzó aquel día en que Emilio Arcibíades Lopez, empleado de rango menor en la entonces Comisión Nacional de Comunicaciones de la actual provincia Argentina (entonces República independiente), decidió que era hora de terminar de una vez por todas con una inveterada costumbre que algunos ciudadanos de su época practicaban, es decir, el uso no autorizado de estaciones radioeléctricas sin el correspondiente permiso otorgado por la burocracia administrativa gobernante. Estas personas, encontraban solaz comunicándose radialmente entre si o importunando a aquellos que ostentaban los correspondientes carnés habilitantes. Por sus hábitos rebeldes y marginales recibieron, no casualmente, el mote de Piratas; palabra cuyo sentido era naturalmente doble: Motivo de escarnio para los unos y de orgullo para los otros (dependiendo de en cual lado de la línea se situaran). Al igual que en las novelas románticas estos personajes podían identificarse, según la opinión de cada uno, con malvados delincuentes y saqueadores del mar o intrépidos vagabundos, amantes de la aventura y no siempre desprovistos de algún respetable código de honor.

Decíamos que el Sr. Emilio Arcibíades Lopez, empleado de rango menor de la C.N.C. había decidido actuar enérgicamente para terminar de una vez con lo que él denominaba «lacra disolvente, subversiva y energúmena...»

Siendo un empleado insignificante en la formidable estructura burocrática, dependía del visto bueno de muchísimos superiores para poder acometer la tarea con algún éxito. Aún siendo del tipo habitualmente gris y mediocre, no dejaba de tener una de esas cualidades que a veces distinguen a tales personajes: Paciencia y constancia para conseguir sus propósito así que, luego de importunar una y otra vez a sus jefes (quienes, por su naturaleza, preferían la cómoda tibieza del sillón y la sugerente melodía de los papeles, antes que devanarse los sesos en busca de soluciones inteligentes o imaginativas), finalmente pudo conseguir que cedieran ante el pesado asedio del hombre, quien se les figuraba como una insoportable mosca de verano.

Lo dejaron salir al mundo real en busca de los transgresores más como un medio para quitárselo de encima que por alentar alguna esperanza acerca de su efectividad...

Lopez había ansiado esta oportunidad durante años. En su fermentada mente solo había un objetivo: Ciudadano sin permiso, ciudadano decomisado. Todavía hoy, algunos compañeros de trabajo que lo sobreviven recuerdan claramente su pertinacia, refractaria a todo tipo de razonamiento que se opusiera a su particular cacería. En su cabeza no cabía la idea de que un teléfono celular de la época, en esencia, no difería en nada de un equipo de comunicaciones punto a punto de mano. Lopez no cedía un solo milímetro ante esta clase de razonamientos. Si el ciudadano tenía un equipo sin licencia, era simplemente un delincuente igual que cualquier ratero de las calles; debía perseguirlo y hacer pagar cara su osadía. Si alguno se retobaba, se alzaba con todo lo que estuviera a su alcance.

No puede decirse que no haya tenido éxito en su esfuerzo. Logró dejar fuera de combate a centenares de libertinos, de tal suerte que «alguien de arriba» pronto le vio la veta a los esfuerzos de nuestro héroe. Lo ascendieron rápidamente tres categorías con lo que su magro sueldo aumentó al menos un veinticinco por ciento (a 400 Pesos según los registros) y con el producido de los remates de los equipos que él decomisaba lo proveyeron de unos cuantos aparatos detectores. Debemos aclarar en este punto que los ciudadanos debían pagar un arancel para usar esos aparatitos, con lo que los beneficios obtenidos al poner en caja a los infractores eran considerables, habida cuenta de la eternamente insatisfecha codicia de los recaudadores de impuestos.

La cuestión es que Lopez se hallaba a sus anchas. Ya gozaba de cierto reconocimiento en la estructura y pudo darse el lujo de pasar, al menos parcialmente, de la categoría de adulón a la de adulado. Nuevos amigos hicieron aparición en su vida, especialmente aquellos interesados en gozar de su protección, ergo, de la posibilidad de burlar los reglamentos que Lopez se encargaba de hacer cumplir a rajatabla a todo aquel que no perteneciera a su círculo íntimo, práctica más que habitual en su comarca, democrática casi, teniendo en cuenta que individuos como Lopez pululaban por todos los recovecos de la administración otorgando favores amicales en sus respectivas esferas de acción lo que, a la larga, contribuía a emparejar la cosa...

Una noche, que algunos sitúan en los meses de Setiembre u Octubre de 1.995, Lopez captó en sus sensibles aparatos de detección una conversación clandestina entre dos niños de no más de diez o doce años, a juzgar por sus voces y su temática, ¡justamente en una frecuencia radial que él se había encargado personalmente de «limpiar» hacía poco y que constituía su mayor orgullo! (143.900 Kilohertz, según consta en fojas). Se enfureció a tal punto que la presión arterial casi lo lleva a la tumba. Rápidamente acudió con la policía al sitio que sus preciosos radiogoniómetros digitales de última generación señalaban: Una placita situada en el barrio de Belgrano. Inmediatamente fue acordonado el lugar por efectivos policiales y todos los que se hallaban en ella, hombres mujeres, ancianos y niños fueron requisados a conciencia bajo la meticulosa supervisión de Lopez. El resultado: Nada, absolutamente nada. Ni un solo equipo radiotrasmisor...

Soportó estoica e impávidamente los insultos, befas y abucheos que le disparaban tanto quienes estaban dentro del cerco, como de los curiosos que se habían arrimado ante el desusado operativo. Ordenó agrupar a las personas que se encontraban en la plaza sobre una esquina y procedió a revisar palmo a palmo cada centímetro del terreno en busca de la prueba del delito. El resultado, nuevamente ¡nada!. Mientras se arrastraba y ensuciaba su único traje entre los pegotes de helado y el estiércol de los perros falderos, pudo escuchar en el equipo que colgaba de su cintura carcajadas infantiles acompañadas por una conocida y burlona tonada: Taaata tata, Taaaata tata...

Rápidamente, le quitó a su receptor la antena incorporada, para verificar si correspondían a un lugar cercano, lo que corroboró inmediatamente. Corrió al vehículo que disponía de los instrumentos. Inexorablemente apuntaban al lugar cercado como fuente de las radioondas. Solicitó al comisario una nueva requisa, pero los gritos y silbidos, que a esa altura eran ensordecedores, unidos a la presencia de las unidades móviles de televisión, avisadas por los vecinos, convencieron al oficial de lo poco prudente que sería intentar otra requisa en esas condiciones.

Lopez ordenó, exigió, pidió, suplicó casi llorando, pera la negativa policial era irreversible. El comisario a cargo no estaba dispuesto a jugar su puesto ante los requerimientos de un individuo tan subalterno. Cargó su personal en los vehículos y rápidamente abandonó el lugar. La cara desencajada de Lopez pudo ser vista en millones de hogares, simultáneamente...

También por su jefe, y el jefe de su jefe y así sucesivamente. Solamente la fortuna de que los aparatos contaban con sistemas de registro magnético de sus mediciones lo salvaron por un pelo de ser echado a puntapiés de la Comisión. Es que en época de elecciones esos papelones no son muy bienvenidos...

Se llamó a los técnicos Taiwaneses para revisar la precisión y exactitud de los dispositivos. Como era su costumbre los técnicos no revisaron absolutamente nada, sino que simplemente entregaron nuevos equipos a cambio de los viejos, cumpliendo con los requisitos legales de la garantía. Lopez, que no estaba dispuesto a dejarse sorprender nuevamente por un fallo técnico, los sometió a todo tipo de ensayos y pruebas hasta asegurarse que, definitivamente, no tenían ningún fallo. Su error probable, no pasaba de algunos metros en el peor de los casos.

Dado que la placita se hallaba en su vecindario, instaló los equipos fijos en su domicilio y los portátiles en su automóvil (lo cual a su vez era ilegal), así permaneció noches enteras velando los artefactos. Sus esfuerzos no tardaron en dar frutos. Tres semanas después pudo escuchar nuevamente, ligeramente fuera de la frecuencia anterior, la clandestina conversación infantil. Volvió a convocar a las fuerzas policíacas y nuevamente el resultado de la requisa fue absolutamente nulo. En esta oportunidad los oficiales actuaron rápidamente y a desgano con la sana intención de abandonar lo más brevemente posible el lugar, en previsión de otro público bochorno. En vano exhortó, clamó, rogó más decisión. Desesperadamente mostraba al aburrido y somnoliento oficial los instrumentos que señalaban a ESE-GRUPO-DE-NIÑOS, como la fuente evidente de la infame corrupción del éter. Más desesperadamente aún le hacía escuchar las vocecillas que en su handie cantaban: ¡Que boludooo...! ¡que boluudooo...!

Los jefes de Lopez, se dieron por vencidos. Después de todo, ¿qué caso tenía malgastar tantos recursos en la persecución de unos chiquillos traviesos?. Le ordenaron que detuviera la investigación. En realidad, según cuenta un allegado, literalmente le dijeron: -Lopez, ¡déjese de joder con eso de una vez!- Pero nada más lejos de la cordura que la testarudez de un mediocre; una vez que se les mete una cosa en la cabeza, es virtualmente imposible hacerles entender razones. Su manía persecutoria, casi rayante en la paranoia, no atendía a consejo alguno. Rápida e inexorablemente fue cayendo en desgracia. En vano documentaba la aparición de más y más chiquillos "ilegales" que se reunían por las tardes y hasta muy avanzada la noche en esa frecuencia. ¡Más aún!, ya se habían ido corriendo hacia arriba una vez que descubrieron que unos kilociclos más arriba existía una banda de radioaficionados donde encontraban más de un interlocutor para sus pillerías.

Así fueron pasando algunos años y los niños se hicieron jóvenes y los jóvenes se hicieron hombres. Mientras, Lopez enmohecía en una oficina de la Comisión escribiendo y reescribiendo memorandos reclamando acción los que, inevitablemente, iban a parar al correspondiente incinerador. Mientras tanto, las fibras ópticas, los satélites, los teléfonos celulares y el futuro, seguían invadiendo al mundo con pasos agigantados al tiempo que más y más nuevas voces iban empapando el éter...

Finalmente el extraño fenómeno comenzó a investigarse seriamente en algunas universidades a las cuales, si bien Lopez les resultaba absolutamente inservible, no así los cuidadosos informes que, por los hechos en que participó indujo a elaborar a los servicios de inteligencia encargados de informar cualquier hecho desusado que ocurriera en el tercer mundo. Se reunieron las pruebas documentales, se enviaron discretas comisiones científicas al campo de los acontecimientos, se efectuaron secretas negociaciones y se otorgaron becas de estudio con condiciones muy atractivas a ciertos niños. Se elaboró un extenso informe y se recomendó a las Naciones Unidas un tratamiento urgente que permitiera anticipar la noticia a la humanidad sin provocar temores injustificados.

La novedad circuló por todo el mundo y tomó estado público. Algunas compañías vieron bajar sus acciones en la bolsa muy rápidamente, otras, en cambio, de la noche a la mañana pasaron a los primeros puestos. La mutación era indiscutible, el material genético hacía ya siglos que estaba dando vueltas por el planeta. Tan solo una condición bastó para desencadenar su potencial evolutivo y realimentarla positivamente: La intensidad del campo electromagnético promedio, una vez alcanzado cierto umbral activaba Los genes responsables de la capacidad hertziana del cerebro humano...

Las nuevas generaciones estarían dotadas de un sexto sentido: El sentido de la radio.

Necesariamente la vieja Comisión Nacional de Comunicaciones debía sucumbir de muerte natural ante semejante cambio. Ya no había permisos que otorgar, ¿qué sentido tendría un Certificado de Radio operador Restringido» para la nueva lengua?, ¿habría que otorgarles a los recién nacidos una licencia de Radioaficionado Novicio?, ¿se podría, tal vez, decomisar un cerebro?. No, los resultados electorales no podían arriesgarse por el costo de unos cuantos retiros voluntarios adicionales y lo que pasó Uds, queridos lectores ya lo conocen...

¡Ah!, nos estábamos olvidando de algo; Lopez, el viejo Lopez. Sin quererlo tuvo en sus manos el descubrimiento más importante y trascendente de los últimos cinco mil años, ¡pero él no lo vio!; la realidad se lo refregó delante sus narices docenas de veces. Se puede decir que asistió a su embarazo, su parto y casi casi su infancia, pero como escribiera un poeta: Los ciegos siguen sin ver cuando sale el Sol...

Según consta en los registros, Emilio Arcibíades Lopez, empleado de rango menor en la Comisión Nacional de Telecomunicaciones, falleció oscura y anónimamente a la edad de setenta y dos años en el hospital neuro siquiátrico de agudos José T. Borda, el 20 de Setiembre de 2029, luego de más de 20 años de internación en ese nosocomio...

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