Un mundo infeliz

Por Miguel R. Ghezzi (LU 6ETJ)
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(Fragmento extraído del artículo publicado por el Dr. Heinrich Marcó Durkheim en la revista «International Geographic» del 17 de Febrero de 2193, titulado: «B-612, An aproach to the alienigen behaviour of Ehelehusía»). Traducido al Español por la unidad inteligente XL5-325K14 de Interworld Bussines Machines, subsidiaria de Milecorp Corporation of Argentine, con permiso de sus editores.


Sin duda fue un acontecimiento relevante en la historia reciente. Varios decenios de exploración del espacio interestelar cercano fueron coronados por el fruto ansiado: Encontrar una civilización semejante a la de los hombres.

Las primeras naves de avanzada catalogaron al nuevo y verdi azul planeta con el Nº B-612 (que no debe ser confundido con el asteroide homónimo situado en nuestro sistema solar).

Los perfeccionadísimos sensores con que iban provistas las embarcaciones estelares inmediatamente dieron cuenta de la existencia de vida en el planeta y, además, con signos evidentes de una cultura tecnológica visible en las obras de ingeniería que se destacaban con los telescopios ópticos de largo alcance. Los astronautas tenían precisas instrucciones acerca de qué hacer en caso de descubrir una forma de vida seudointeligente. Los sociólogos, sicólogos y antropólogos de la expedición serían los encargados de establecer los primeros contactos con los alienígenas.

Gran parte de la historia ha sido muy bien divulgada por la extraordiaria difusión que tuvo el encuentro a través de los escenarios de realidad virtual sincrónica, pero parte de la misma no es del todo conocida por el gran público ya que pertenece más al ámbito de los especialístas que al de la difusión masiva.

Como todos sabemos, estos seres de constitución humanoide se llaman a si mismos «EHELEHUES» cuya etimología autóctona sería el equivalente en nuestro idioma a «animales que juegan con los objetos que construyen con sus manos». Tal vez el aspecto sociológico más importante y estimulante con que tropezaron los investigadores fue asistir a un salto tecnológico mayúsculo que estaba atravesando la cultura de los Ehelehúes en el momento de su arribo.

Si bien los nativos del planeta son sordomudos de acuerdo a nuestros estándares, disponen de cierta capacidad mecánica para la transferencia de vibraciones semejante a la que posee nuestro oído interno que, limitadamente, los proveen de un medio de comunicación relativamente eficiente. Los Ehelehuenses emplean un singular modo para intercambiar sus pensamientos: Poseen sobre su maxilar superior una estructura sensible a las vibraciones en la que otro individuo de la especie deposita un apéndice cartilaginoso encargado de producirlas en forma correspondiente, pudiendo así intercambiar información rápida y eficazmente. La limitación más obvia es que requiere del contacto físico directo.

El hecho importante es que unos cien años antes de nuestra llegada, los científicos del planeta llegaron a desarrollar un sistema electromecánico que les ha permitido a los Ehelehuenses dotarse de un sistema absolutamente idéntico al de nuestra fonoaudición que los capacita tanto para «hablar» como para «oir» empleando el espacio acústico. De este modo, gracias a su ingenio, hoy pueden comunicarse del mismo modo que nuestra propia especie lo ha hecho durante centenares de miles de años.

Naturalmente, luego que descubrieron la potencialidad del aire como trasmisor de las vibraciones sonoras se fue perfeccionando poco a poco un invento desarrollado por un eminente científico Ehelehuense llamado Inocram. En el principio este invento consistía en una pequeña bocina que cumplía con la función de transductor sonoro y que mediante un ingenioso código de señales atribuido a un tal Leumas Esrom, permitía una adecuada pero lenta comunicación del tipo binario a distancias del orden de las decenas de metros; posteriormente mediante el uso de elementos más desarrollados lograron alcanzar un dominio del espacio acústico casi idéntico al nuestro, aunque artificial.

La incorporación de elementos técnicos en una cultura, tal como lo demostrara en el siglo XX Bronislaw Malinowsky, produce profundos cambios en la misma y las viejas costumbres ya casi inútiles (peso muerto, en la jerga antropológica) hacen sentir su influencia, a veces en una forma que se nos aparece ridícula para una cultura con nuestra propia impronta.

Cualquier individuo terrestre se imaginaría que la superación de esta «sordomudez» de los Ehelehuenses sería un bien que inmediatamente se incorporaría a las costumbres sin ningún tipo de trabas, habida cuenta de sus extraordinarias ventajas. Sin embargo no fue así en Hehelehusía.

Al principio por su elevado costo y tamaño y luego por el propio peso de sus prejuicios, el sistema no se aplicó con la universalidad imaginable. Este es el punto que más llama la atención de los sicólogos y siquiatras terrestres, quienes se debaten entre la teoría de la estupidez intrínseca del los Ehelehuenses, la teoría de los condicionantes del status social y la teoría de el interés económico adverso.

Existen ciertas formas rituales para llegar a ser, en ese planeta, un privilegiado del hablar y escuchar mediante el uso del espacio acústico. Por ejemplo:

Hay Ehelehuenses que obtienen permisos especiales de su gobierno para hablar en forma pública (casi todos los Ehelehuenses pueden poseer un transductor de «audición» desde su más temprana infancia). Pertenecen a una categoría especial similar a la de los «Oradores» o «Heraldos» en nuestra historia. Cualquiera que intente «hablar» públicamente es penado mediante multas y sanciones varias. Otros Ehelehuenses obtienen su derecho a hablar a otros privadamente mediante el pago de aranceles, aunque sus «conversaciones» deben restringirse a temas comerciales o de provecho económico.

Existe una casta especial, que podríamos llamar «hobbistas» de la charla. Para que un Ehelehuenses pueda optar por esta categoría (gratuita), debe contar con al menos 12 años de edad, rendir exámenes de capacitación especiales que demuestren que son capaces de hablar y escuchar en forma técnicamente correcta. Por ejemplo, es requisito que para acceder al derecho de hablar con otros contertulios del espacio acústico deban comprender el viejo código inventado por Esrom mediante las bocinitas, como así también los fundamentos teóricos de la trasmisión de las ondas sonoras (refracción, reflexión, absorción, dispositivos de fonación, transductores auditivos, etc, etc), del mismo modo que las leyes que reglamentan el uso del espectro sonoro.

Los Ehelehuenses que revisten en esa casta, tienen limitaciones acerca de la temática de las conversaciones. Existen tabúes que la restringen (sancionados por leyes positivas), puesto que se considera peligroso para las buenas relaciones que los súbditos hablen entre sí en «voz alta» y que otros súbditos puedan escuchar sus pareceres sobre temas tan variados como los asuntos del reino o los asuntos de los sacerdotes. Además no solo es considerado de mal gusto, sino también sancionado severamente que dos o más Ehelehuenses establezcan comunicación verbal sobre cuestiones comerciales.

Los nativos más conservadores de esta peculiar cultura, en su mayoría no comprenden cómo es que podemos sobrevivir en nuestro planeta hablando con todos y de cualquier cosa. Cuando les señalamos que en nuestra civilización el uso de la expresión oral ha sido considerada por siglos un derecho natural irrevocable se horrorizan al imaginar las terribles consecuencias que ello debe ocasionar en nuestra convivencia. Les resulta francamente incomprensible el que permitamos a nuestros niños hacer uso del espectro sonoro desde su nacimiento. Cuando les explicamos que sus sonidos a media lengua y hasta los grititos destemplados que producen en sus juegos son música para nuestros oídos, se preguntan cómo aún no no hemos extinguido en tal contaminación (pollution) sonora...

El eminente doctor en antropología comparada y entusiasta periodista aficionado Calvin G. De Sanctis me ha acercado un acabado informe que glosa lo que ha podido presenciar recientemente en Ehelehusía durante el proceso de generación de nuevas leyes y reglamentos bastante ilustrativo por cierto:

Un funcionario del reino solicita consejo a un selecto grupo integrado por los miembros más destacados de la confraternidad de «charladores» para establecer nuevos reglamentos acerca del uso del espacio acústico. Este grupo se reúne periódicamente y elabora sus propuestas, que son sometidas a la consideración del funcionario, quien tiene el derecho de tomarlas o rechazarlas según su criterio propio.

El funcionario no pertenece explícitamente a la casta, y no participa de sus intereses y actividades, siendo en general lo que nosotros denominaríamos un «Otorrinolaringólogo», asistido por otro funcionario que asociaríamos a la idea de «entendido en formalidades regulatorias», tal como el antiguo oficio de abogado, hoy desempeñado por las unidades inteligentes producidas por la R.A. Robotics, que garantizan su insobornabilidad por el término de 500 años (que es la vida útil de su pila de Mileconio).

Es considerado un honor, y una carga pública a título no oneroso el formar parte de dicho consejo, de modo que la pertenencia al grupo de consejeros no solo otorga valimiento, sino también respeto, lo que marca una diferencia significativa respecto de los charladores comunes. En dichas reuniones se tratan aspectos considerados importantísimos, tales como el volumen de voz máximo autorizado (las categorías inferiores pueden hablar únicamente en voz baja), los lugares geográficos en los que les está permitido hablar (a un novato no se le permite hablar más que con sus vecinos más próximos, a menos que lo haga con la bocinita Esrom), anotar en un cuaderno el día, hora y con quien se ha efectuado una conversación y otros aspectos de naturaleza semejante.

Comprendemos que el lector deberá hacer un esfuerzo por no juzgar estas costumbres con excesiva dureza, considerándolas pueriles e insustanciales.

Los antropólogos han estudiado culturas aún más extrañas en nuestro propio mundo, tales como la de los cazadores de cabezas del Amazonas o las tribus que practicaban el canibalismo ritual con tanto apasionamiento y rigor formal como el que los Ehelehuenses tratan estas del intercambio verbal que les son tan caras. Por esta razón todavía no ha sido abierto al turismo el planeta B-612 de manera de evitar incidentes diplomáticos como resultado del contacto con nuestras costumbres liberales en esos aspectos. Debe tenerse en cuenta que para un miembro del establishment de Ehelehusía sería un grave agravio objetar sus costumbres aún con la inocente vehemencia de un joven.

Más recientes informes, revelan que existen en Ehelehusía miembros de la comunidad que se rebelan permanentemente contra la mordaza impuesta al uso del habla, violando voluntariamente todas las leyes y reglamentos instituidos en el reino y lanzándose a producir ondas sonoras a su total arbitrio, incluyendo la música cantada u orquestal (que constituye un reciente fenómeno de difusión de la cultura terrestre, hasta ahora solamente permitido a grupos autorizados con la correspondiente licencia). De ese modo se reúnen en ciertos lugares (infames cavernas y oscuros tugurios) que los prétores no pueden alcanzar fácilmente y allí conversan de lo que se les antoja. Frecuentemente esos individuos inscriptos en los libros de la clandestinidad son ciudadanos que han cumplido con las formalidades que exige la ley y que adoptan las costumbres de los marginados por el solo placer de oponerse al orden establecido y divertirse un rato con picardías de todo tipo.

El espíritu de rebeldía suele manifestarse mediante el uso de un lenguaje considerado «impropio» y la conversación de «temas prohibidos», lo que violenta aún más al bando «conservador», quien clama a la guardia pretoriana el restablecimiento del viejo orden perdido...

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Fin del extracto.

Nota al pié de página del mencionado artículo =>

Si al lector le ha resultado extraña la relación de la exóticas costumbres comunicacionales de los habitantes del B-612, seguramente lo asombrarán aún más las investigaciones de campo efectuadas en el tercer satélite del cuarto planeta de Alfa Carinae, descubierto hace apenas dos años.

Sus habitantes, que no se otorgan a sí mismos ningún nombre traducible a nuestro idioma, se comunican desde los más remotos orígenes de su evolución mediante órganos naturales capaces de producir ondas hertzianas. Sus usos y costumbres serán publicados en breve en la revista «Nature», por mi colega y amigo el Dr. Ronald A. Cintier en colaboración con las Dres. Maximlilian Alexander y Gustav H. Cold.

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